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martes, 4 de diciembre de 2012

El salvaje oeste

-¿Adónde hemos ido a parar? -murmuró sosegadamente-. Aquí todos eran personas decentes, y sólo se ocupaban de sus cosas y nunca tenían que pedir ayuda a nadie, porque siempre había quien la diera sin pedirla. Apaches asesinos que luchaban como diablos y enfrentamientos con mexicanos, y hombres de verdad por todas partes, entonces. Cuando se cometía un asesinato se cogía al perro asesino y se acababa con él, con ayuda de amigos si era preciso. En aquéllos tiempos, cuando aún los había. cuando uno podía venir libremente a la ciudad, y reír y divertirse con la gente, y los amigos podían reunirse y disfrutar en la ciudad, y entonces daba gusto. Beber whisky, jugar un poco, pelearse a cuerpo limpio alguna vez cuando había diferencias, y luego otra vez tan amigos. En aquellos días, nadie decía que no a nadie, ni lo mataba si no salía huyendo con el miedo metido en el cuerpo. En aquellos tiempos valía la pena vivir.

                                                                Warlock, Oakley Hall.

martes, 5 de junio de 2012

La fantasía de vivir en un libro

Con motivo de la 71ª Feria del Libro de Madrid, en el blog de Papeles Perdidos, le han pedido a varios autores que reflejen el pasaje de un libro en el que les hubiera gustado introducirse. Pensando en cuál me hubiera gustado a mi, me he dado cuenta que es difícil elegir tan sólo uno pues me gustaría habitar muchos buenos libros leídos. Uno de ellos sería La llamada de lo salvaje, de Jack London:

"Y, estrechamente ligada a las visiones del hombre velludo, estaba la llamada que no dejaba de sonar en lo más profundo del bosque. Le llenaba de enorme impaciencia y extraños deseos. Le hacía sentir una alegría suave y dulce y percibía unas ansias y unos anhelos salvajes por algo que no sabía precisar. A veces se adentraba en el bosque en pos de la llamada, buscándola como si se tratase de algo tangible, ladrando suave o provocadoramente, según estuviera de humor. A veces metía el hocico en el musgo fresco del bosque, o en la tierra negra donde crecen altas hierbas, e inhalaba gozosamente los densos olores de la tierra; otras, se quedaba varias horas acurrucado tras cualquier tronco de árbol cubierto de liquen, como si estuviera al acecho, con los ojos muy abiertos y las orejas atentísimas, de cualquier cosa que se moviera o se oyese a su alrededor. Acaso, tendido en esa posición, esperaba descubrir aquella llamada que no lograba comprender. Pero no sabía qué motivo lo impulsaba a hacer aquellas cosas. Se sentía impulsado a hacerlas sin poder razonar sobre ellas."